Hay días en los que descubro que el silencio tiene un sonido propio.
No es vacío, no es ausencia. Es como un murmullo invisible que me envuelve y me recuerda que estoy aquí, presente, respirando. Me encanta el sonido de nadie hablando porque, en ese espacio, la vida se revela con una claridad que las palabras a veces enturbian.
El silencio no siempre fue mi aliado. Durante mucho tiempo lo sentí como un hueco incómodo, como un espejo que me obligaba a mirarme demasiado de cerca. Quizás por eso lo llenaba con conversaciones innecesarias, con música a todo volumen, con la urgencia de estar ocupada. Pero un día, sin buscarlo, descubrí que el silencio podía ser un refugio. Y desde entonces, cada vez que lo encuentro, lo abrazo como quien se reencuentra con un viejo amigo.
Cuando nadie habla, escucho cosas que normalmente pasan desapercibidas. El roce del viento contra las ventanas, el crujido de la madera, el latido de mi propio corazón. Son sonidos pequeños, pero juntos forman una sinfonía que me recuerda que la vida no necesita adornos para ser hermosa.
El silencio me dice que no necesito correr tanto, que no tengo que demostrar nada. Me recuerda que la calma también es un estado legítimo, que no todo se mide en productividad ni en palabras dichas. En ese espacio, me reconozco más auténtica, más cercana a lo que realmente soy.
Quizás porque el silencio nos confronta. Nos obliga a escuchar lo que llevamos dentro: las dudas, los miedos, las preguntas que evitamos. Cuando nadie habla, no hay distracciones. Solo estamos nosotros y nuestra verdad. Y esa verdad, a veces, incomoda.
Pero también pienso que el silencio es un regalo. Nos da la oportunidad de reconciliarnos con lo que somos, de aceptar lo que sentimos sin necesidad de disfrazarlo. Es como una pausa en medio de una canción: breve, pero necesaria para que la música tenga sentido.
Recuerdo una tarde en la que apagué el teléfono y me asomé al balcón. No había nada especial: el cielo estaba gris, la calle tranquila. Pero en ese instante, al no escuchar voces ni notificaciones, sentí que algo dentro de mí se abría. Era como si el silencio me estuviera diciendo: “Aquí estás, aquí y ahora. ¿Lo ves?”
Ese momento fue un pequeño despertar. Comprendí que había vivido demasiado tiempo en piloto automático, corriendo detrás de cosas que no siempre me llenaban. El silencio me mostró que la consciencia no se encuentra en grandes revelaciones, sino en esos instantes simples en los que nos permitimos estar presentes.
Hay un tipo de silencio que me gusta aún más: el silencio compartido. Ese que ocurre cuando estás con alguien y no hace falta hablar. No es incómodo, al contrario, es una complicidad que se siente en la piel.
Recuerdo caminar por la playa con un amigo. Ningún dijo nada durante largos minutos. Solo escuchábamos el mar y nuestros pasos sobre la arena. Al final, nos miramos y sonreímos. No habíamos dicho una palabra, pero habíamos conversado de todo. Ese silencio compartido fue más profundo que cualquier diálogo.
“No necesito estar siempre disponible, no necesito llenar cada espacio con palabras.”
Me encanta el sonido de nadie hablando porque me devuelve a mí misma. Porque me recuerda que la vida no se mide en likes ni en frases ingeniosas, sino en la capacidad de estar presente, de escuchar lo que realmente importa. El silencio es revolucionario porque nos devuelve el poder de elegir cómo queremos vivir.
Ahora incluyo pequeños rituales de silencio
No hace falta retirarse a una montaña para encontrarlo. El silencio puede estar en lo cotidiano, si sabemos buscarlo.
Caminar sin audífonos.
Tomar un café sin mirar el teléfono.
Respirar profundamente antes de responder.
Cinco minutos de quietud antes de dormir.
Son gestos simples, pero cada uno abre una puerta hacia la consciencia. El silencio no es ausencia, es presencia. Y cada ritual nos acerca a esa paz que tanto buscamos afuera, cuando en realidad siempre estuvo dentro.
¿Qué harás con tu silencio?
El silencio no es un lujo reservado para unos pocos. Es un derecho, una necesidad, una medicina. Cuando nadie habla, la vida habla. Y cuando la vida habla, el alma despierta.
La pregunta que me hago, y que te dejo, es: ¿qué harás tú con tu silencio? ¿Lo llenarás de ruido o lo convertirás en tu aliado?
Yo, por mi parte, he decidido que cada vez que lo encuentre, lo abrazaré. Porque me encanta el sonido de nadie hablando. Porque en ese sonido, que no es sonido, descubro la verdad más simple y más profunda: estoy viva, y eso basta.
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